Seduce a la tormenta con los ojos del rayo
Pierde a tu sombra en el escalofrío de la tibia niebla
Entre los estirados árboles de un perfume oxidado.
La piedra no está maldita
Proviene de la noche reencarnada
Donde alimento a mis visiones
Con la pasión de los lobos que aullan con el viento
En la montaña donde sueño y despierto
Ardiendo adentro de un circulo de fuego
Del interior me llueve su memoria
De inciensos y miradas poseídas
Más fuerte es el retumbe de los truenos
Que emergen desde los rincones de la vigilia
Mi devoción, entonces, crece sin heridas
En la perfección del rostro de mi desierto
Me acurruco en la fidelidad de mi silencio
Me congela las manos el crujir
De los colmillos masticando ciervos
Porque la noche viuda es una estaca despiadada
Que ineluctablemente siempre se clava
En el corazón de todos mis recuerdos.
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