Indiferente, inmune
a todo sonido emitido por su voz
desafiando a la bruma,
en los confines de la desolación.
Su nombre se posa
como un pájaro en mi ventana
y entona una y otra vez esa canción,
pero ya no me conmueve,
ni me entibia las poesías
o de eso intento convencerme.
Para mí el castillo está en ruinas,
yo misma lo ardí en llamas.
Es que yo no soy perro,
soy felina,
y no está en mis códigos existenciales
babear los zapatos ajenos.
Clavé los cuchillos en todos mis caminos
y corté la cinta negra vestida de hechicera
mientras sus ojos de hielo me miraban impasibles,
me terminé de deshacer de lo poco que eso era.
Pero ahí está de nuevo,
ese nombre no abandona los silencios.
Yo sembré un rosal con sus seis letras
y ahora me sangran los dedos.
Quisiera no haberlo oído nunca
para no haberle adjudicado
las cosas más bellas de este mundo
y aunque levanto el escudo
y manejo con destreza mi espada,
sé que su nombre,
al primer momento de distracción
al primer momento de distracción
va a estar escrito por toda mi cara.
Por eso es que me encuentro arrinconada
con los ojos y los oídos tapados
repitiendo una y otra vez un mantra,
para no escuchar la melodía tan bella
que emite ese pequeño torturador con alas.
Lo triste es que por más que lo haga
dentro de mi cabeza
sigue resonando esa canción
y esas seis letras acabo de escribirlas,
con extrema vehemencia,
por toda la habitación.