Tenía el as bajo la manga,
pero con tanta gente alrededor
no sabía a quien apuntar.
Todos se convirtieron en agua de repente
y nadando en contra de la corriente,
busqué la salida del laberinto sin poderla encontrar.
Cerré mis ojos, me hundí en lo profundo
y dejé de respirar.
Aparecí en un bosque,
había cartas de tarot sobre una mesa antigua
y debajo de un viejo árbol me senté a escribir.
Un perfume conocido pasó delante mio
como una brisa sutil,
y me levanté asustada al presentir
que alguien más estaba conmigo allí.
En ese momento miles de enredaderas
nacieron del suelo y tomaron de rehén a mi cuerpo.
Un cuervo que salió de las sombras
se posó sobre mi hombro
y una vela violeta que estaba encima de la mesa
se encendió.
De repente en el reflejo del lago una mujer apareció.
Sus cabellos largos eran renegridos como la noche,
su piel pálida como la luna
y sus labios de terciopelo,
tan bellos como las rosas rojas.
Sus movimientos hechizados me tenían absorta,
y sus ojos ancestrales brillaban en la oscuridad.
Ella se acercó a mi lado a paso muerto
y el cielo se invirtió cuando su rostro de nieve
me sonrió con esa perversión tan familiar.
La tempestad de su mirada
atrajo a los espíritus del bosque
que a nuestro alrededor empezaron a danzar,
y mis labios tiesos por el crudo frío,
comenzaron a sangrar.
Jamás sentí en mi boca un beso
tan mágico y tan cruel
como el de esa misteriosa mujer.
Cuando desperté aturdida por semejante sensación,
tenía sangre cayendo de mi nariz,
mis manos estaban atrapadas en las sábanas,
y mi cuerpo entero estaba envuelto en sudor.
Al levantarme para ir a limpiarme,
algo más me desconcertó:
desde mi almohada,
una pluma negra de cuervo,
al suelo cayó.
pero con tanta gente alrededor
no sabía a quien apuntar.
Todos se convirtieron en agua de repente
y nadando en contra de la corriente,
busqué la salida del laberinto sin poderla encontrar.
Cerré mis ojos, me hundí en lo profundo
y dejé de respirar.
Aparecí en un bosque,
había cartas de tarot sobre una mesa antigua
y debajo de un viejo árbol me senté a escribir.
Un perfume conocido pasó delante mio
como una brisa sutil,
y me levanté asustada al presentir
que alguien más estaba conmigo allí.
En ese momento miles de enredaderas
nacieron del suelo y tomaron de rehén a mi cuerpo.
Un cuervo que salió de las sombras
se posó sobre mi hombro
y una vela violeta que estaba encima de la mesa
se encendió.
De repente en el reflejo del lago una mujer apareció.
Sus cabellos largos eran renegridos como la noche,
su piel pálida como la luna
y sus labios de terciopelo,
tan bellos como las rosas rojas.
Sus movimientos hechizados me tenían absorta,
y sus ojos ancestrales brillaban en la oscuridad.
Ella se acercó a mi lado a paso muerto
y el cielo se invirtió cuando su rostro de nieve
me sonrió con esa perversión tan familiar.
La tempestad de su mirada
atrajo a los espíritus del bosque
que a nuestro alrededor empezaron a danzar,
y mis labios tiesos por el crudo frío,
comenzaron a sangrar.
Jamás sentí en mi boca un beso
tan mágico y tan cruel
como el de esa misteriosa mujer.
Cuando desperté aturdida por semejante sensación,
tenía sangre cayendo de mi nariz,
mis manos estaban atrapadas en las sábanas,
y mi cuerpo entero estaba envuelto en sudor.
Al levantarme para ir a limpiarme,
algo más me desconcertó:
desde mi almohada,
una pluma negra de cuervo,
al suelo cayó.