martes, 2 de agosto de 2016

Trescientos veintisiete días sin ella.

   Otra vez los ojos de océano,
otra vez la piel fría.
Los sueños cansados,
los porqués acurrucados
en las calles de mis años
abatidos en la oscuridad.
Una melodía de piano 
me susurra en el recuerdo
aquella canción 
que nunca supe cantar sin llorar
y el ataud lleno de abrazos me despide
de todos los que nunca te pude dar.
Más las orquídeas de tu cielo
como imagen de ese último momento,
librándose en el viento
en un nido de misterios.

La tristeza siempre es pura,
 es sincera en el espejo;
como la ausencia 
de los corazones eternos
o las lágrimas de cementerio.

Un poema de recuerdos...
mis trescientos veintisiete jazmines
marchitándose en el firmamento.